16 de junio de 2012 No todos somos iguales
por Equipo Filmeweb |
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Debido a la presencia de varios seres peculiares en el mundo del periodismo de espectáculos, mucha gente denigra este género, atribuyéndosele única y exclusivamente cosas frívolas, escándalos mal hechos, y rumores no confirmados dichos por gente que en ocasiones no tiene ni la más remota idea de lo que habla.
Esto haría pensar que hacer periodismo de espectáculos es lo más fácil sobre el planeta, pero esto no. Hablar sobre películas, telenovelas, discos, videos, obras teatrales y demás, tiene su chiste. Sin embargo, hay personas a cargo de ciertas publicaciones a quienes sólo les importan los escándalos, las sornas y las tragedias que rondan a los famosos.
Afortunadamente, y como en todo en la vida, hay clases. Hay desde gente que encaja en la descripción antes dada, pero también la que se dedica en cuerpo y alma a lo suyo, dando lo mejor de sí hasta que decide hacer otras cosas, o en el peor de los casos, el destino hace lo suyo.
Para ejemplo, el hace unos días fallecido Joaquín Rodríguez, un hombre sumamente querido y respetado dentro del gremio cinematográfico, con una trayectoria envidiable dentro del periodismo: colaboró en revistas como “Cine Premiere” y “Cinemanía”, en espacios televisivos como “24XSegundo”, “Abrelatas” y en el programa “Cine con Kristoff” en Telehit, entre muchos otros.
El caso es que su amor por el séptimo arte no se quedó ahí, ya que también fungió como supervisor en la Cineteca Nacional y fue director del Festival de Cine Gay en la UNAM; junto con Mauricio Peña y David Ramón (dos personas que también tienen su respetable trayectoria).
A Joaquín Rodríguez se le conoció como un profesional del quehacer cinematográfico. Eso sí, siempre fue muy tajante en cuanto a sus críticas, y cuando una cinta no le gustaba, siempre lo decía.
Por otro lado, hay quienes no concuerdan con cierto periodista en particular, y generalmente suelen lanzarle críticas, pero de eso a intentar golpearlo sólo por querer denunciar una situación anómala, hay una gran diferencia.
Como lo que le sucedió al connotado periodista musical Chava Rock, agredido por priístas en la delegación Coyoacán, quienes repartían volantes a favor de Enrique Peña Nieto afuera de una escuela pública. Como no es tonto, Chava documentó la agresión en video para mostrar que no fue ningún invento.
En el video se ve que esas personas intentan impedir a toda costa que grabe, llegando al grado de arrebatarle la cámara y tener un forcejeo en el cual recuperan el aparato. Lo curioso fue ver que muchas personas que vieron el incidente fueron los que le quitaron la cámara a los “acusadores” de Chava Rock y se la devolvieron.
Es cierto que tal vez Chava Rock no tenía qué haber grabado a esos individuos, pero le ganó el alma de reportero y simplemente quería hacer algo para documentar el momento. Y aunque parecía que no iba a conseguir su objetivo, dio la nota.
Ambos casos son el claro ejemplo de periodistas o comunicadores respetables. El problema es la proliferación de todos aquellos entes que se dicen conductores o periodistas, y cobijándose en ello, hacen faramalla y media con tal de llamar la atención.
Por un lado, gente como Mauricio Clark, que no encuentra la oportunidad para quitarse la ropa y mostrar sus muy dudosos encantos; Laura G, que pudo haber tenido una carrera modesta y decente hasta su escándalo de cabaña en la Marquesa con Carlos Loret de Mola. Y de Fabián Lavalle, Juan José Origel, Flor Rubio y demás, mejor ni hablamos, pues podríamos terminar en un serio estado de depresión crónica.
Si nos vamos más lejos, qué tal los actores a los que se les da la oportunidad de ejercer de conductores de programas de revista, y así emitir opiniones sobre los temas de los que hablan la gran mayoría. Y lo hacen, pero sin sustento de por medio.
Por ejemplo, Andrea Legarreta, Galilea Montijo, Raúl Araiza, y en su momento Ernesto Laguardia y Roxana Castellanos, hicieron de “Hoy” uno de los programas más insufribles de la televisión mexicana, y que inexplicablemente tiene un rating impresionante. Pero con Legarreta y Montijo pasa algo muy grave.
Resulta que las niñas aprovechan la pantalla para hacer trizas la reputación de ciertos personajes de la farándula, y cuando éstos querían hacer contrarréplica, a ellas les bastaba con echarle la culpa al programa de espectáculos que en ese entonces tenía Televisa para salir limpias de las situaciones que ellas mismas provocaban (ya fuera “La Oreja”, “Con Todo” o “NX”).
Ahora que ya no tienen ese colchón, le han bajado a las falsas acusaciones… aunque al final de cuentas no importaba, pues tienen carácter de “INTOCABLES” en la televisora de San Ángel, y un mal comentario hacia sus personas provoca el despido inmediato de quien ose hablar mal de ellas (aunque digan alguna verdad).
Reconocemos que también hay editores de secciones que tienen mucha culpa en todo lo anterior, pues antes de seleccionar al equipo de trabajo con base en el talento, su conocimiento sobre el mundo del espectáculo (y en menor medida) la experiencia, los eligen con base en el carisma y su forma de retratar simpatía, cualidades que con el correr del tiempo se transforman en algo muy engañoso.
Y también, si se enfoca más el género en hablar de actividades y trayectorias que en escándalos y aventuras personales, se puede hacer más efectiva la limpieza y profesionalización de este tipo de periodismo. Sí se puede, sólo es cosa también de educar al público que también ya está acostumbrado a enterarse de las cosas sórdidas de las estrellas.
Insistimos: ni todos los periodistas que están en los medios de comunicación lo son, ni todos los que trabajan en éstos son tan corrientes como los pinta la gente. Joaquín Rodríguez y Chava Rock son claro ejemplo del buen periodismo de espectáculos, ese por el cual debemos luchar y dejar de lado el rumor y todo lo que ha denigrado al gremio.
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